lunes, 27 de junio de 2011

"Volveremos"

Lo que están a punto de leer es un trabajo para la facultad. Una simple consigna académica que parte de una frase y que debía desarrollar libremente. No sabía que escribir, pero lo ocurrido ayer, me ayudó mucho. Espero que lo disfruten.



Por Esteban Schoj *



Ella fue a una fiesta. Se había preparado toda la semana para ese evento. Estaba nerviosa y asustada, pero esperanzada. Sabía que todo iba a salir bien. Mas tarde, tan sólo dos horas después, si no hubiera sido por él, hoy ella no estaría recuperándose.

Se despertó temprano sin necesidad de oír la rutinaria alarma. Esos nervios y ese susto que no la habían dejado descansar, hicieron su trabajo. Hizo todo lo que levantarse implica y a la una de la tarde escuchó el grito de su padre: “¡Vamos hija!”

Abrió su marrón placard, luego el segundo cajón y tomó entre sus manos el amuleto. Lo estrujó, lo miró como quien mira a un hijo, con amor, lo beso apasionadamente y mientras cerraba los ojos lo aprisionó contra su pecho durante pocos pero intensos segundos.

Papá llamaba una vez más y así ella despertó de ese sueño pasional que vivía junto a su objeto más preciado. Lo enrolló en su mano derecha y emprendió el camino al encuentro con su padre que, también ansioso, empezaba a perder la paciencia.

El camino a bordo del, recién lavado, Gol gris estuvo lleno de recuerdos de viejas proezas. Esas que su padre había presenciado y que ella ya sabía de memoria de tanto escuchárselas. “El día de la pelota naranja”, era el caballito de batalla para invocar a los grandes héroes del pasado que tanta falta harían hoy. La fe estaba intacta. Faltaba lo peor.

Todo parecía que saldría de maravillas: a los cinco minutos de empezada la fiesta, el envión que dio ese grito de los más de 50.000 invitados a la cita anunciaba un final feliz. Todo se desvaneció poco a poco. Las caras de los presentes se transformaron, se desfiguraron. Lágrimas e insultos empezaban a esbozarse. Ella, una peregrina más que sufría, no disimulaba su llanto y no soltaba el amuleto.

Final. Está hecho. Lo imposible ocurrió: “Nos fuimos”, repetía y repetía sin poder entenderlo. Papá la abrazaba tratando de disimular su propia angustia. Quería transmitirle fortaleza.

Eligen irse despacio a casa. La fiesta que no fue, había terminado. Pero para otros, no. Aquellos pocos que decidieron quedarse pasarían a ser su peor pesadilla. Los más de dos mil policías invitados al evento intentaban, sin armas de fuego, detener el aluvión de violentos que destrozaron el lugar y que seguramente sin desearlo, pero con mucha impotencia e impunidad, la tendieron a ella en el piso de un piedrazo en la cabeza.

Papá esta desesperado. Llora sin consuelo. Sus manos están llenas de sangre, la sangre de su hija desvanecida que no para de emanar por entre su cobrizo cabello. La toma en sus brazos, la levanta como puede y huye del lugar, pero no mucho, dobla en la primera esquina y se resguarda detrás de una camioneta que aún no había sido víctima del vandalismo. Ella parece inconsciente. Su mano izquierda está flácida. La derecha, sostiene con fuerza el amuleto.

“Ayúdenme por favor, ayúdenme”, grita el padre hundido en desconsuelo. El frío polar ya ni se siente. Nada importa, ni el agua que los efectivos policiales arrojaron que los llegó a mojar un poco cuando ambos caminaban. Un joven se acerca. Rara solidaridad en un momento de miedo y adrenalina. La mira a ella, lo mira al padre. Le toma el pulso y lo vuelve a mirar a él, ya algo preocupado. De repente le pide al padre algo para apoyar la cabeza ensangrentada de su hija. No tiene nada. El joven, que se empieza a recibir de paramédico, descubre el amuleto. Ella no reacciona hasta que siente el tirón. “No”, alcanza a balbucear. “Tranquila”, dicen casi al unísono, el padre y el joven, que empieza a poner en práctica sus útiles conocimientos en primeros auxilios. Estruja el amuleto y lo convierte en una improvisada almohada. Ella lo sigue con la mirada hacia arriba hasta que lo pierde del campo visual. Cae en shock. El muchacho saca un pañuelo blanco de su bolsillo y le pide al padre que lo presione contra la herida. El amuleto y el pañuelo, ahora ensangrentado, se confunden: son iguales ahora.

Pese a ese momento de lucidez en el que sintió que le robaban la vida, ella permanece inconsciente. No tiene pulso. El ayudante voluntario le desnuda el torso y comienza con los ejercicios de reanimación y la respiración boca a boca.

Papá llora. El joven se agita cada vez más. Ella tose. Papá vuelve a vivir. “Volviste, hijita”, dice emocionado. Ella, le contesta. Pero antes busca debajo de su nuca y toma el amuleto. Lo mira, está algo manchado con su sangre. Los despliega, y entre lágrimas mira a su padre y a su salvador, y con convicción les asegura: “Vamos a volver”.



* Bostero de corazón, por si acaso se hiere alguna susceptibilidad.

domingo, 26 de junio de 2011

La grandeza de River ante todo...


Paradojas del destino. Aquella instauración de los promedios que en 1983 favoreció a River, hoy le jugó una mala pasada al equipo millonario. Un equipo que estaba clasificado para la Copa Sudamericana de este año, pagó, pese a la mala administración de la era Passarella que no supo ni pudo revertir la historia, las pésimas dos presidencias de José María Aguilar. Un pasado que condenó el presente, y así, el futuro.

River, un grande, uno de los más grandes de América y del mundo, descendió de categoría y afrontará, de esta forma, no solo la deshonra que, lamentablemente, adjudica el descenso por culpa de la dramatización deportiva de estos días, sino también las increíbles pérdidas económicas que lo colocan al borde de la quiebra institucional.

Un llamado a la cordura que fue, paradójicamente, la otra voz de los medios que contribuyeron a la dramatización exitista. Por eso, desde estas líneas, se critica el accionar violento, pero se intenta dar un mensaje al hincha de River:

“Usted, hincha de River Plate, cuna de grandes figuras y hazañas deportivas, tiene que estar orgulloso de ser simpatizante de esta institución. Muchos quisieran que sus equipos tuvieran ese palmarés plagado de pergaminos que no hacen más que enaltecer su rica historia. Este descenso, este presente, no manchará el exitoso pasado, pero si lo harán los hechos de violencia que puedan generarse. Llore, nadie se lo niega, porque este momento debe ser una gran tristeza, desazón e impotencia. Pero que no transgreda los límites de lo estrictamente deportivo. River Plate, usted es grande, sea acorde a su historia y piense en acompañar a su equipo. Ojalá que la próxima temporada, lo catapulte a lo más grande del fútbol argentino, a la Primera División, ese lugar que le pertence y que tanto lo extrañará, esperemos que por solo un año”.

miércoles, 22 de junio de 2011

Llora el fútbol


Lágrimas en los ojos desde el minuto cero. Lágrimas que reflejan sentimientos: dolor, pena, desesperación, impotencia, miedo, terror. Es que a Juan José López le duele, le da pena y hasta lo desespera la situación en la que hot está sumergido River Plate. Circunstancia de la que no pudo ni puede sacar a su equipo, pese a que muchos daban por hecho que lo haría. Y eso le da impotencia, le da miedo. Lo aterra.

Horas antes, en la cancha de Boca Juniors, Huracán perdió la categoría tras caer derrotado 2 a 0 por Gimnasia y Esgrima La Plata, y también hubo lágrimas que lamentaron el hecho. Los fanáticos del Globo no encontraban consuelo y se resignaban, ahora sí luego del letargo que ocasionó el Gol de Christian Cellay, a prepararse para la próxima temporada en la segunda categoría del fútbol argentino.

Por la noche, en Córdoba, un puñado de hinchas (y los llamaremos así pese a que el término no les corresponda) de River lejos estuvieron de resignarse y estallaron contra sus jugadores: arremetieron en el campo de juego pidiéndole huevos a los jugadores, y hasta empujaron a Adalberto Román por la espalda. Aún faltaban 40 minutos y una revancha y estos hinchas no aguantaron la posibilidad, siquiera de verse en la B.

Los límites de la sociedad argentina, en donde el fútbol es un actor principal, ya no se distinguen. Resulta imposible preguntarse, tras estos hechos, ¿qué pasará el domingo si llegase a ocurrir “lo peor que puede pasar en la vida: el descenso del millonario”? Da escalofríos imaginarse la posible reacción de los mismos sujetos que no “tuvieron otra alternativa” que ir a “pedirle” a “sus” jugadores un poco más de actitud.

Este presente y estos hechos lamentables no hacen más que manchar al fútbol. Y la culpa no la tienen esos muchachos, que son serviles y partícipes de este asqueroso negocio, que agredieron a los jugadores, sino que la mayor responsabilidad recae en los altos dirigentes que ocupan altos grados jerárquicos que manejan al negocio a placer, engrosando sus cuentas bancarias y hundiendo cada vez más la dignidad que ya no da el deporte por deporte.

Lejos queda el paupérrimo nivel futbolístico de River. Ese aspecto será analizado hasta el cansancio. El verdadero problema es lo que genera por estas horas esa debacle deportiva. Muchos factores hay que analizar para entender y descifrar la gravedad de lo que acontece. Pero hay uno que pica en punta a la hora de buscar un máximo responsable: los medios de comunicación y la dramatización en la que incurren.

“River se juega su historia”, tituló el portal 6cero.com; “River se juega media vida”, fue la noticia para el diario español Marca; “River Plate: un gigante que se juega la vida”, fue el titular que eligió semana.com; “110 años en 180 minutos”, significa para Olé la promoción en la que compite el club de Núñez.

¿Acaso San Lorenzo dejó de ser grande por haber descendido? ¿Es Racing un equipo menos respetado por cargar en su espalda la cruz que significa haber jugado en la B? ¿Dejará de ser River uno de los más grandes del fútbol argentino y mundial, palmarés que se ganó a lo largo de su historia, si llegase a bajar de categoría en un presente que no le sonríe? No, a todo.

El drama en el que el fútbol se ha convertido no es nuevo. Lleva años y años en donde la respuesta a la incógnita ¿por qué este deporte se transformó en lo que es hoy? se haya en tres palabras: negocio, dinero y poder. Un buen emprendimiento deja buenos dividendos y el alto ingreso convierte a su dueño en poderoso. Una ecuación más que sencilla.

Pero, ¿hasta cuándo la ambición por el poder seguirá ejerciendo presión? Porque frases como “River no va a jugar la promoción” o “River no va a descender” encienden alarmas, generan dudas de todo tipo pero, por sobre todo, presionan a los protagonistas a los cuales no se juzgará, por lo menos en estas líneas, por su nivel, falta de entrega, carencia de sangre o de amor propio.

El hincha presiona al jugador, porque el hincha vive del jugador. Ya se terminó esa vieja historia que tenía como principal temor del apasionado la gastada en la oficina al día siguiente. La cosa empeoró muchísimo por estos días. “River no se puede ir a la B. si baja, acuchillo a alguien. A quien sea”, escuché por ahí. El hincha se juega, en 90 o 180 minutos, la vida, el futuro, la historia. Será señalado para siempre como el desgraciado que alguna vez descendió a la B. ya nada más importará, porque “vos te fuiste a la B, así que callate”. Y en esta sociedad, que fue tan lastimada durante mucho tiempo y hasta hace pocos años atrás por otros aspectos de la vida cotidiana, como la política, el fracaso deportivo toma una trascendencia de vida o muerte que eriza la piel.

Ya no importa competir. Eso dejó de interesar hace años. Hoy, solo sirve pisarle la cabeza al rival, defenestrarlo, humillarlo, hundirlo, descenderlo.

Los medios, generan opinión y plantean el guión con el que se discutirá en esta escena. Los guía el poder, la ambición y el dinero. Mientras la sociedad toda lo sufre. Y las lágrimas de JJ López, esas que son, se cree, genuinas y generadas por el dolor se irán esparciendo hasta que el lamento y la pena sean tan grandes, que quien llorará tras una larga agonía será, lamentablemente, la pelota. Esa que no debería mancharse, pero se mancha cada vez más.

domingo, 22 de mayo de 2011

No se lo merece


Uno entiende, hasta cierto punto, la reacción de la gente. Comprende la reacción por lo que significa la posibilidad de caer en el “desprestigio”. Pero si pasa lo que ayer se creía imposible y hoy toma cada vez más color, no sería la muerte de nadie. Eso seguro.
¿De qué hablás? De River, de Carrizo, de la Promoción, y de la “vergüenza” que significaría jugarla. ¿Del descenso? Ni mencionarlo. Sería la tortura eterna.
Volvamos con la reacción de la gente del Millo. ¿No tiene memoria acaso el hincha de Núñez? Vamos a refrescarla un poquito…

Clausura 2007. La Bombonera explotaba. Pablo Ledesma y 45 segundos para poner a Boca arriba 1-0. Empató Mauro Rosales. El partido finalizó 1-1. ¿Quién fue la figura excluyente del partido? Juan Pablo Carrizo, el mismo que hace un rato no más se retiró del Monumental insultado. El mismo que dio la cara hoy y el domingo pasado cuando un yerro le costó el 0-1 ante Boca.

Clausura 2008. ¿River? Campeón. Con lo justo, es cierto. Fueron sólo 13 goles en contra en 19 juegos. Fueron 11 de 19 partidos con la valla invicta (seis de manera consecutiva) ¿La figura del certamen? Juan Pablo Carrizo. ¿El mismo Carrizo que se tuvo que besar la camiseta para contradecir a los “hinchas” que lo acusaban de todo, hasta de bostero, por un par de errores? Sí, el mismo.

Con esto basta. Un clásico que se debió haber llevado Boca, fue parda en la Bombonera gracias a JP Carrizo. Un torneo, en el que River fue peloteado en más de un partido, que se quedó en Núñez gracias a JP Carrizo.

Pero no sólo estas dos puntualidades: Carrizo demostró ser uno de los mejores arqueros de los últimos tiempos en el fútbol argentino, y semana tras semana se ganó la ovación y el reconocimiento de la gente. Esos, los que lo aplaudieron y coraron pese al error, pueden dormir tranquilos. Ellos saben muy bien que si su amado River se va al descenso no será por culpa del arquero sino por una sumatoria de circunstancias donde la mayor responsabilidad recae en lo dirigencial.

Los otros, los “hinchas”, los que dicen dejar la vida por la camiseta, los que creen que pagar una cuota social les da el derecho de insultar y denigrar a un laburante, son los faltos de memoria. Hay muchos calificativos que les caben a estas personas. Acá prefiero usar uno light: exitistas.

Los que me conocen saben que estoy de la vereda de enfrente. Pero hoy, y mientras escribo estas líneas, no soy ni bostero ni periodista. Soy un trabajador que más de una vez se ha equivocado cuando desempañaba su labor, y que se solidariza con un par, de otro rubro, que cometió un error. Como le puede pasar a cualquiera.

Por su cara, esa cara de sufrimiento que lo mostraba más triste que nunca. Por sus lágrimas, que no brotaron, pero que querían salir de sus ojos. Por esa bronca contenida. Por dar la cara, contra Boca y hoy, luego de la derrota ante San Lorenzo. Sí, derrota. Su derrota. Por golpearse el pecho diciendo: “Fui yo, es culpa mía”. Por todo eso, hoy, soy hincha de Juan Pablo Carrizo.

lunes, 2 de mayo de 2011

Celebrar la muerte: consecuencia Yanqui


¡Paz! Una palabra. Un grito, Una súplica. Un deseo. Una, al parecer, utopía. No hace falta ser un erudito eximio en política internacional para vislumbrar la que se viene después del asesinato de Osama Bin Laden. La represalia. Ojalá, el criterio falle y estas líneas pierdan, con el correr de las horas, credibilidad. Pero el juicio de valor construido que las sustentan se cree es el correcto. Estados Unidos, una vez más en el papel de víctima, será perseguido y azotado por esos terroríficos demonios de grandes turbantes en vez de cuernos y con bombas en lugar de tridentes.
Oriente y Occidente, una vez más en la contienda. ¿La causa? La misma de siempre: el poder. Y el deseo y la necesidad de demostrar quien manda. A eso se le suma la imperiosa necesidad de querer mostrarle al mundo quienes son los buenos y quienes los malos. Porque es así como se resume todo esto: buenos contra malos. De eso se trata.

Aquí una aclaración y un pedido que se creen fundamentales para poder incursionar en el tema, y que está relacionado con la creación de la imagen del otro (la construcción de la otredad, se diría en términos antropológicos): ojo con la generalización. Estas líneas se escriben desprovistas de prejuicios y así se pretende que las aborde el lector. Aquí no se justifica el accionar terrorista de la Red Al Qaeda y sus ya conocidos atentados. Pero tampoco se celebra la muerte del líder Talibán. Esa reacción, lamentablemente, espontánea de los miles de yanquis congregados en la Casa Blanca festejando el asesinato de Bin Laden son el disparador de esta nota. Porque quizás esos hombres y mujeres que se agolparon en la casa de gobierno norteamericano no son más que unos pobres infelices engañados por la bajada de línea que intenta imponer el país del Norte.

Tanto odio histórico que día a día se cobra vidas irrecuperables.
La otredad la crean la mente, las experiencias, los prejuicios, la ignorancia, y por qué no, los intereses. También el desinterés, la falta de conocimiento, la desinformación y el sensacionalismo. Y en estos dos últimos puntos se quiere poner mayor énfasis, para tratar de explicar desde otra perspectiva la significativa ingerencia que tienen los medios masivos de comunicación en la formación de la opinión pública.

Me imagino a una profesora de una escuela primaria en los Estados Unidos diciéndole a sus alumnos: “Aquí están nuestros mayores enemigos, los Árabes”, y señalando con el puntero (de madera o láser, no me puse a pensar tanto) la zona del planisferio conocida como Medio Oriente. “Esta gente nos odia, y son capaces de matarse por una causa: asesinarnos”. La escena es inventada, pero ¿cuán alejada de la realidad estará?
Trasladen esta hipotética deducción al campo de los medios de comunicación. Imaginen o, más rigurosamente, repasen los titulares de New York Times. Evalúen los dichos de los aliados del poder de USA en torno a la muerte del Talibán. “Alivio”, manifiestan muchos. “Se dio un paso importante contra el terrorismo”, aseguran otros. Sin embargo, desde la Casa Blanca se intensificaron las medidas de Alerta y de Seguridad Nacional. Un presidente argentino diría: “¿Qué te pasha, Obama; estásh nerviosho?
Volvamos con lo de la otredad: ¿Qué imagen creó Estados Unidos del pueblo Árabe? ¿Son los árabes realmente representados por el Terrorismo Árabe? El terrorismo tiene bandera, sí. La propia. Pero no tiene ni nacionalidad ni religión. ¿O acaso la gente por la calle le teme a los españoles por relacionarlos con la ETA? “Tené cuidado con ese gallego de mierda que seguro es un separatista vasco”. Yo eso jamás lo escuché. ¿Usted?

No, señores. Destierren de su racionalidad esa relación equivocada que iguala a los árabes con el terror y con la muerte. El Islam es la religión del amor. Así se la conoce mundialmente. O por lo menos, se espera que así se la conozca. Eso dice el Corán. Pero desde el Norte se han encargado de que se la emparente con el dolor, con el fundamentalismo, con la bombas, con el terrorismo y con todo mal que deambule por el inconciente colectivo.
Lejos se está de justificar el accionar terrorista, reitero. Solo se quiere mostrar la cara de la verdad que desde el Imperio no se da a conocer, o se intenta desdibujar.

Ahora, la pregunta que surge es: ¿sólo EEUU crea la imagen del árabe a su conveniencia? La respuesta es, no. Si repasamos las declaraciones de Ismail Haniyea, el jefe de Gobierno de Hamas en la Franja de Gaza, podremos dar sustento a la negativa: “Lamentamos la muerte de un santo guerrero. Fue un mártir de la guerra santa musulmana”. ¡No, guerra musulmana, no! Terrorista, sí. El régimen fundamentalista se escuda bajo las banderas de las naciones árabes y se lleva a la rastra a todos sus fieles. Y el desinformado, que tiene la cabeza lavada, no distingue, y mete, como se dice, todo en una misma bolsa. Y todos resultan ser la misma mierda: musulmanes, árabes, Bin Laden, terroristas, fundamentalistas y quien tenga un poco de arena en los zapatos, por si acaso.
Se ruega que se abran los ojos. Estados Unidos utiliza una herramienta temible, como es la información masiva, como instrumento para legitimizar la violencia. Y por eso en el país del Norte y en los países aliados se celebró el asesinato. El crimen y la muerte se han naturalizado a tal punto que se festeja en las calles. Y pasa esto porque creen que se hizo justicia. Pero no olviden que son los que ocupan los cargos de poder los que elevan la voz, y lo hacen guiados por intereses de variadas índoles. El pueblo solo repite porque no tiene otra verdad más que la que le obligan a creer. O la que quiere creer.

viernes, 22 de abril de 2011

Pedir la mano

Por Fabricio Espíndola

Estimado Sergio Goycochea:
Ante todo pido disculpas por mi atrevimiento. Sé que no me conoce. Tampoco yo personalmente. Pero entienda usted que a través de éste medio -la carta- estoy intentando conseguir materializar grandes recuerdos.
Seguro que aun no entiende el por qué de estas líneas. Ni sabe de qué hablo. Ahí le cuento.

Soy una persona apasionada por el deporte y, si bien el fútbol es mi preferido, disfruto de todos ellos y hay imágenes que tengo grabadas en mi mente, pequeños detalles en los que me detengo y disfruto. Estos detalles superan el mismísimo contexto del acontecimiento.
Es por eso que hace ya dos años comencé con estas cartas. Para así poder armar mi pequeño museo. Pero no quiero un museo como todos. A ver si me explico. No busco camisetas. No quiero fotos ni posters. No pretendo guardar imágenes de partidos memorables o jugadas fantásticas. Salvo que estas imágenes expliquen lo que sí pretendo coleccionar y a los que llamo Pequeñas acciones para grandes momentos
Explicado esto. El motivo de mi carta es un pedido. Raro, pero no tanto. En realidad, no se bien como hacerlo. Sólo espero que no lo tome a mal. No es que quisiera que usted ya no este, ni tampoco crea que soy un loco que intentará hacerle algo para conseguir lo que busco. Para nada. Solo pido su aprobación, por escrito, para cuando usted pase a mejor vida. Al fin y al cabo, a todos nos tocará.
Así como a usted, son varios los deportistas a los que les escribí para hacerles un pedido especial. Para poder guardar en mi museo esas Pequeñas acciones para grandes momentos que quedaron grabados en mi mente.
Y no importa la talla del personaje. Sino la importancia de la fuerza que tiene mi recuerdo frente a ese momento.
Así le escribí a estrellas mundiales. Como Michael Jordan, al que le pedí su aprobación para que, cuando se encuentre con San Pedro, me deje su lengua. Por aquel último tiro frente a Utha Jazz en la final del ´98. Encare hacia el aro, freno, finta, salto, extensión del brazo, balón a la red y claro, lengua afuera de la boca. Esa es La Acción, el Gran Momento.

Pero también a jugadores más terrenales como el Chelo Delgado, al que le rogué el tercer, el cuarto y el quinto dedo de su pie derecho por un gol a River que dejo de estatua a Comizzo. O la rodilla de Palermo, por aquel Muletazo.
Le reclamé a Roger Federer su muñeca, la que le dio el tiro vencedor ante Sampras en Wimbledon 2001 para que comenzara a ser leyenda. Y demás esta aclarar que ya demandé la pierna zurda de Diego. Me pareció demasiado pedir su cuerpo completo.

Así, estas y varias cartas más fueron enviadas a distintos deportistas. Y aunque no tuve respuestas, no desespero. Respeto sus tiempos.

Volviendo a lo nuestro o, más bien a lo mío, imagino que a esta altura ya sabrá por donde viene el tema, o el pedido.
Sí Goyco. Lo que quiero pedirle es la mano. Por favor, tu mano derecha. Esa que aquel 3 de julio de 1990, tercer penal de la serie frente a Donadoni, se estiró hasta que la pelota diera en ella. Para alegría nuestra y tristeza Tana.
Espero me entiendas. Y otra vez, no piense que estoy loco. Pero me gustaría guardar ese momento en mi museo.
Te pido la mano, solo eso. Bueno, y si todavía los conservas, que sea con el guante.

jueves, 21 de abril de 2011

Plabra prohibida


Y finalmente habló. El día llegó. La cobertura mediática fue masiva y completa. Hablo mucho. Largo y tendido. Habló Mario Vargas Llosa. Desarrolló su obra, El Sueño del Celta, esa que le valió el Premio Nobel de Literatura 2010, y fue cauteloso con sus dichos.
Hubo mucha expectativa en torno a su participación en la Feria del Libro. Se habló de veto, de prohibición de testimonio, de censura. Y él, al respecto, solo soltó un frase tan contundente como cotrovertida: "Agradezco a la señora presidenta Cristina Fernández de Kirchner que haya impedido el intento de veto a mi presencia en este evento".
Atención: lo que se tejió en torno al escritor peruano no fue un veto ni una censura. Fue un debate, un foro si se quiere.
La participación de este hombre, un hombre que defiende intereses y políticas que estan muy lejos de corresponderse con la idiología gobernante en Argentina y en gran parte de América Latina; un hombre que considera que el país debe retornar al camino de la década de los noventa, que dejó al país en una crisis de la que comenzó a salir hace apenas 8 años; un hombre que dijo que la asunción de los Kirchner al gobierno representa un retroceso ideológico e intelectual; en una expresión cultural como es esta feria no es acertada. Pero jamás se le incinuó la censura.
Un país que tiene un rumbo marcado y definido, no puede contradecirse dándole entidad a un representante y defensor de las políticas que lo destruyeron. Pero como acá no hay censura, habló. Y dijo lo que quiso.